Refranero
Todo parecía estar en calma cuando la señora Smith se despertó sobresaltada. Sentada a oscuras sobre el colchón, con las manos apretadas y el cuerpo ligeramente avanzado, intentando anticipar algún ruido extraño, alguna presencia perturbadora… nada. Ni siquiera una arañita, o un mosquito.. ni mucho menos era de esperar un grillo. Sólo un muy silencioso silencio acompañaba el latir potente y acelerado de su corazón.
Lejos de tranquilizarse, calzó unas pantuflas, prendió una vela y, con el milagro del fuego entre sus manos, se encaminó escaleras abajo deshaciendo la oscuridad a cada paso.
Comprobado el recibidor, inspeccionados los baños y no habiendo encontrado nada digno de mención tanto en el salón principal como en los adyacentes, tras un vistazo rápido a la cocina, no restaba más que el sótano por explorar.
Tablones que crujen al pisar.. la vela crepitando al respirar.. nuestra dama se arma de valor apelando al apellido Smith y empuña el picaporte, decidida. Traga saliva. La puerta chirría quejosa arañando el suelo a su paso al tiempo que una corriente de aire rápido y frío como el aliento de un barioth eriza el vello de la señora y hace visible su respiración: tan densa y espesa como la oscuridad más allá de la puerta. Una vez abierta por completo la estancia e iluminada de esquina a esquina, de nuevo.. nada. Silencioso y gélido silencio.
Sonriendo aliviada y un punto avergonzada, la esposa del General Harry Smith recorrió el camino de vuelta a la cama con paso alegre. Una sonrisa aliviada y un paso alegre que no serían tales si la señora Smith, la hermosa y gentil doña Juanita Smith, hubiera prestado más atención al refranero de la difunta abuela Margarita.
Si en la noche vas a investigar, debajo de la cama primero has de mirar








